Traducciones indigestas: las malas traducciones de menús

No hay nada más normal y cotidiano que ir a un restaurante y disfrutar de su comida, tanto que algunos parece que quieren romper con la monotonía y hacer que riamos, al menos por no llorar. Nos hemos dado cuenta de que no solo el precio es capaz de hacer que la comida siente mal, también lo que hemos llamado “traducciones indigestas”, las malas traducciones, o más bien pésimas, que encontramos en algunos restaurantes y que crean cadenas indescifrables, y dudamos que comestibles.

No hay nada más normal y cotidiano que ir a un restaurante y disfrutar de su comida, tanto que algunos parece que quieren romper con la monotonía y hacer que riamos, al menos por no llorar. Nos hemos dado cuenta de que no solo el precio es capaz de hacer que la comida siente mal, también lo que hemos llamado “traducciones indigestas”, las malas traducciones, o más bien pésimas, que encontramos en algunos restaurantes y que crean cadenas indescifrables, y dudamos que comestibles.

Son aquellas que solemos encontrar en chiringuitos de playa o restaurantes de zonas turísticas donde tienen la necesidad de traducir debido a las realidades del mercado, y que generalmente se suelen dar en la “traducción” del castellano al inglés, cuando en una carta le echamos acero al pescado en “squid to the iron”, cuando en un mató con miel, ésta se convierte en un arma mortífera en “killed with honey” o incluso en las otras lenguas oficiales donde un gallego “pulpo a la feira” se va de rave y se convierte en “octopus to the party“, o los típicos callos que en catalán se transforman en “durícies”, las durezas que generalmente encontramos en los pies. Que no extrañe que a más de uno se le puedan revolver las tripas.

Pero no acaba aquí, ni mucho menos. A veces se confunden nombres con formas verbales, con resultados tan trágicos como poder pedir en un restaurante una copa de “he came” tinto, en vez de wine (vino), o que las habitas y el jamón en inglés entablen una relación de compañeras de piso en “you inhabit with ham”. Otras veces, se cometen aberraciones cuando se toma el sentido literal del nombre de un plato, como pasa con las patatas bravas, que algunos pensaron que la mejor forma para referirse a la típica tapa era llamándolas “courageous potatoes”.

También encontramos la categoría de lo más absurdo donde nada tiene sentido. Y es donde el león se convierte en un manjar al llamar “cooked lions” al cocido leonés, donde alguien parece que ha empezado a sentir una preocupante atracción por el pescado al referirse al bonito como “beautiful”, o donde un revuelto de champiñones adquiere la expresión que se podría aplicar a su propia traducción: “in a mess of mushrooms”.

El impacto de las malas traducciones sobre el cliente

Seguro que al menos os habéis echado unas risas con esto, u os preguntaréis si es real (lo es). Está claro que tales malas traducciones y amalgamas de vocablos implicarán difícilmente el cierre de un bar o restaurante si el servicio y la comida son de buena calidad, incluso puede parecer auténtico y entrañable si se trata de locales pequeños donde no se espera mucha afluencia, pero también es evidente que va a tener cierto impacto ya que es la primera impresión que el cliente se lleva sobre el establecimiento.

Así, podríamos seguir con estas (muy) malas traducciones un buen rato más, pero lo que de verdad deberíamos preguntarnos es quien ‘the f***’ hace estas traducciones y por qué. La respuesta es que esto pasa cuando se confía en el tito Google o en nuestro cuñado que estudió un año en Liverpool para traducir los platos de las cartas. Es mas, nuestro cuñado sí aprendio lo que era un buen plato de la Gastronomía Británica.  Esperemos que no sea necesario llegar a esto, ni tener que servir un “fish in nautical fashion” cuando nos piden un pescado a la marinera, para darnos cuenta de la importancia de un buen traductor para adecuar nuestros negocios a la realidad comercial.

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